martes, 23 de diciembre de 2014

El último templario de Chichiriviche

El anciano blandía el palo de madera podrida como si fuera una espada. En su vetusto delirio, estaba rodeado de sarracenos, moros e infieles con las barbas llenas de arena y los dientes blancos como pequeñas estatuas de marfiles, haciendo muecas hostiles e invocando a un dios invisible dador de toda muerte. Pero eran niños andrajosos quienes lo rodeaban, hediondos a pescado y a mar, tostados como maderos a la deriva por el sol del Caribe. Le lanzaban diminutas piedras que lo pinchaban igual que puntas de espadas enemigas. Pero el anciano, con los reflejos descompuestos por los años y sumido en la locura de sus últimos momentos, estaba en medio de espectros del pasado, cosas y figuras recordadas, voces concebidas en la imaginación; lo que se ha vivido durante toda una vida, ahora deformado por la memoria y el miedo a perecer. No podía defenderse, estaba rodeado. Perdido. Las mujeres en la acera de enfrente se reían y celebraban con gracia la cruel travesura de los niños, al mismo tiempo que se burlaban de los improperios del anciano. “¡Atrás, inmundos moros! ¡Atrás! ¡Dios conmigo, infieles! ¡Acepten como Señor y Salvador a Jesucristo antes de que los mande al infierno de un mandoble al cuello! ¡Atrás, bestias inmundas!” Todos ignoraban el contexto histórico de sus balbuceantes amenazas y la incomprensión siempre ha sido propicia para la burla fácil. El pobre y desnutrido anciano, envuelto en la niebla de su locura, escuchaba en las risas de los pobladores los vítores sarracenos que auguraban su derrota y muerte o, su conversión forzada al Islam y esclavitud. 

Al pasar a su lado, el anciano me miró. Por un segundo me pareció ver en su mirada un dejo de cordura. Su mano sujetó mi antebrazo con una fuerza imposible para ese esqueleto rodeado de cuero viejo y curtido por el viento. En su rostro se dibujó una mueca suplicante, como si fuera a pedir ayuda desde un sitio lejano, a través de un cristal impenetrable. Pero pasó rápido. Al volver a pestañar, me encontré de nuevo con la mirada irreflexiva y enardecida del enajenado moribundo. “Dime, infiel”, me dijo en voz baja sin soltarme del brazo, “¿aceptas ahora, en la sombre de tu muerte, como Señor y Salvador a Jesucristo? ¡Dímelo, por Dios! ¡Ahora!” Su saliva seca, convertida en una espuma vacía, cayó sobre mi cara. Sus manos eran unas garras de ultratumba. Dije que sí, sabiendo que mi conversión momentánea era pasajera y displicente con el pobre hombre. “¡Alabado sea el Señor! ¡Viva la Virgen María! ¡Un converso!” gritó enfurecido de felicidad. Me soltó con delicadeza y siguió defendiéndose de ese ejército de musulmanes invisibles, en medio de una cruzada inactual. Lo habían dejado solo ya. Su cuerpo se movía con torpeza, agotado ya por la guerra y espejismos. Musitaba algo, como una oración, sujetando con fervor un rosario invisible. Al final del día sería un mártir y pronto dormirá en el seno del tiempo, pensé.