viernes, 4 de abril de 2014

La sustancia inocua

Es cierto que no sé por dónde empezar a escribir esto. Tampoco sé, debo decirlo, qué escribir. Pero este título se me ocurrió hace unos días mientras estaba en una cola para comprar comida. Por lo general, no las hago. Para mantener un mínimo de dignidad, me digo, convencido de lo que es dignidad y de los métodos idóneos para conservarla casi intacta. De acuerdo a eso, pienso que hacer una cola por comida es una forma terrible de domesticación, amansamiento. Es usar la urgencia de alimentarse uno mismo y de alimentar a sus seres queridos como una pócima mágica para convertir al individuo en una entidad dócil dispuesta a cualquier sacrificio en pos de un beneficio vital e inmediato. Es jugar con el apuro del apetito, con la sombra amenazante y terrorífica del hambre, aupando el egoísmo de una mísera existencia. Una táctica bastante baja, por lo que podemos apreciar. Aún así, en la cola, vi gente que reía. Gente que contaba anécdotas familiares, chistes obscenos, y que, de último, apostillaba dos o tres palabras sobre la situación con tal indignación que apenas dejaban un rastro fantasmal en el aire festivo y a la vez ultrajante que allí se respiraba. Nada más. Luego llegaba su turno, la persona compraba lo que le dejaban comprar, nada menos y por supuesto, nada más. Salía de nuevo, sonriente, como si el destino le hubiera favorecido con una recompensa inesperada ajena a cualquiera de sus esfuerzos. Algo gratuito, como encontrado en la calle. Pensé en ese momento que nuestra 'arrechera', pintoresco y temido atributo del venezolano, es más bien una sustancia inocua, transparente, tan etérea como pasajera. Nada que un déspota, autoritario e ignaro gobernante deba temer. 

*Inciso ineludible*
Si he dicho lo anterior, no puedo permitirme, vistos los acontecimientos actuales, dejar de mencionar y reconocer a los sectores de nuestra sociedad que han interrumpido el tedio mecánico de la sobrevivencia y han protestado valientemente contra los incontables atropellos gubernamentales, bajo el fatal costo de perder la vida en una lucha que es de todos pero que no todos sabemos cómo lucharla. A ellos, mis respetos y agradecimiento. 
*Fin del inciso ineludible*

No quiero que esto suene como una crítica porque, en principio, no lo es. Digo, no quiero entrar en ese -aparentemente- adictivo juego de juzgar qué está bien y qué está mal, qué es poco y qué es excesivo. Resguardaré mi criterio bajo la mirada y excusa de ser un mero observador que carece de toda autoridad moral -perdón por el cliché- para juzgar, sin ver la vara en el ojo propio, la conducta de los demás. No, nunca. Dios me libre. Pero, dicho esto, no dejó de impresionarme nuestra impasibilidad, deseo de cualquier victimario, nuestro desinterés casi místico ante la humillación y el doblegamiento de esperar por lo que, sin miramientos y diplomacias, cualquiera llamaría migajas caídas de una mesa. 

Pero lo repito, no es una crítica. Tal vez sí una acotación con bolígrafo rojo al margen de la historia actual del país. Una categórica recomendación para revisar este preocupante carácter nuestro ante el infortunio impuesto por los poderosos. 

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