domingo, 30 de marzo de 2014

De la memoria

El miedo circulará siempre en mi cuerpo
como otra sangre.
José Watanabe.

Hoy pasé casi tres horas hurgando en un cuarto de 4 x 2 metros cuadros, alumbrado por una bombilla solitaria parcialmente cegada con telarañas ancestrales, lianas transparentes llenas de suciedad; nadando en incorpóreos mares de polvo, conviviendo entre insectos casi invisibles pero cuyos ojos gozaban de una anatomía alienígena, totalmente intimidatoria. Su presencia escurridiza fue el recordatorio, sólo en ese momento, de todas las cosas que existen a pesar de la incompetencia de nuestros sentidos. Buscaba un álbum de fotos viejas. Fotografías que, con seguridad, contenían las últimas posturas, sonrisas y gestos de muertos ya veteranos en su ciencia, muerta también. Fantasmas cuidadosamente conservados de la humedad y del hambre de los bichos del olvido, entre dos láminas de plástico. Di con todo, menos con el álbum de fotos. Carpetas llenas de papeles; el documento de una sucesión, datos de la adopción de alguien, la factura de una cremación, viejos archivos sobre la propiedad olvidada de terrenos que ya han desaparecido sobre el asfalto y las circunstancias de un país que no respeta nada, ni la tierra. Adornos de Navidad fosilizados, un niño Jesús medio comido por las ratas, los cuerpos huecos de cucarachas, exoesqueletos abandonados, distribuidos por el azar en un paisaje minúsculo y postapocalíptico -¿la cucaracha es su cuerpo o lo que su cuerpo contiene? La cola de una lagartija me miró impávida pero interrogante, como si pudiera preguntarme si sabía el paradero del resto de su cuerpo. Hacía calor. El sudor que brotó de mi piel con la sutileza de un rocío, atrajo las motas de polvo que se acumularon en mi epidermis como animales sedientos en una sabana.

Luego de apartar los escombros naturales del deterioro y el encierro, di con una caja estropeada, en la que el vaho había dibujado jeroglíficos ininteligibles y santos deformados. Estaba en un rincón oscuro, resguardada de todo intento de rescate. Pude hacerme con ella no sin grandes esfuerzos. Cada vez que movía algo de su lugar primigenio, la habitación parecía encogerse cada vez más, como represalia consciente a mi intrusión. ¡Con qué celo las cosas quieren permanecer olvidadas por y de nosotros! Al abrir la caja, vi el álbum. Estaba allí, indiferente, soberbio, lleno de memorias intactas; reposando en la tranquilidad pasmosa de un cadáver incorrupto. 

Subí y le entregué el álbum a Ángela Encarnación. Su cara de felicidad me aterró. ¡Qué desdichado hay que ser en el presente, para buscar tan desesperado refugio en el pasado!

domingo, 23 de marzo de 2014

Memento mori

'Autorretrato' de Arnold Böcklin 

Toda alma probará la muerte, y recibiréis 
vuestra completa recompensa el Día de la Resurrección.
Corán 3: 185.

Decir que mis días están contados no tiene sentido; 
así fue siempre; así es para todos.
'Memorias de Adriano' de Marguerite Yourcenar.

Hace unas horas estaba en un velorio. El papá de un amigo de la infancia ha muerto. Cáncer en la laringe. Cincuenta y cuatro años de edad. Dentro de todo, fue una muerte esperada; la expectativa promedio cuando se padece una enfermedad tan devastadora como el cáncer. Aún así, su muerte -como toda muerte- es lamentable. Estos eventos -velorios, entierros y otros- me hacen pensar siempre en nuestra reacción y conducta ante el fenómeno del fallecimiento. Creo que nuestro dolor, nuestra pena y aflicción son signos de incomprensión. Tenemos doscientos mil años muriéndonos sobre la tierra, viendo desaparecer nuestros seres queridos y amigos, padeciendo el trance doloroso de la enfermedad y la vejez, y todavía la muerte nos causa sorpresa, espanto y estupor. ¿Por qué? ¿Por qué no hemos dado ese paso evolutivo mediante el cual aceptaremos la desaparición física y definitiva como lo que es? ¿Por qué nuestros propios huesos o un cuerpo vacío de voluntad nos producen tal conmoción? 

La muerte, en todo su esplendor, es nuestra única certeza. Podemos dudar de la existencia de Dios o si mañana amanecerá o seguirá una noche interminable. Podemos dudar de cualquier cosa, descreer cualquier credo, profesar ninguna fe, pero sobre nuestra propia mortalidad no podemos albergar vacilación alguna. Tal vez a nuestra mente le cueste digerir tal grado de verdad, tanto absolutismo en un único y simple suceso. Quizás sea nuestro ego. Esa ilusión de que tenemos una identidad, un número y documento con nuestros nombres y apellidos que nos diferencian de todos los demás y nos hacen únicos. Creemos que este desordenado acervo de experiencias y sensaciones conforman nuestra personalidad. Constituyen nuestros principios. Es una ilusión, un truco de nuestra mente, una ficción más por la cual ejercemos un grado de control sobre nosotros mismos y sobre los demás. Y entonces la muerte, con su velo definitivo y opaco, atenta contra la idea del Yo. Nos desvanecemos "como un puño cuando se abre la mano". Simplemente no estaremos más. La infinitud de nuestra idea de la muerte contrasta con demasiada virulencia con la fugacidad y caducidad de nuestra existencia. Somos una vela que alguien de pronto apaga de un soplo. Nada más.

Respice post te! Hominem te esse memento! Memento mori, memento mori (¡Mira atrás y recuerda que sólo eres un hombre -y no un dios! Recuerda que morirás, recuerda que morirás). Estas palabras se las susurraba un esclavo durante el gran desfile a cada general romano victorioso al que se le concedía un triunfo "con el fin de impedir que incurriese en la soberbia y pretendiese, a la manera de un dios omnipotente, usar su poder ignorando las limitaciones impuestas por la ley y la costumbre". Nosotros no deberíamos olvidarlas y convertirlas en un mantra matutino, en una oración que rezamos a nuestra propia consciencia. Gran parte de la turbación que experimentamos ante la muerte es porque olvidamos que vamos a morir, que somos hombres y mujeres con cuerpos que se enferman, que se descomponen a cada segundo (al escribir esto recordé esta frase de Marguerite Yourcenar en 'Memorias de Adriano': «Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo»); que la vejez hará destrozos inenarrables, que cada órgano se deteriora en sus funciones, que, en fin, somos un pedazo de carne a la intemperie. Nuestra hambre de trascendencia -anhelo vacío, por demás- ha empañado nuestra razón primigenia: perecer.