jueves, 23 de enero de 2014

Sobre los desaparecidos


Llevo varios días pensando en esas personas que se desvanecen sin más —como un puño cuando se abre la mano, leí alguna vez ya, en cierta novela detectivesca que no logro recordar—, que desaparecen de un minuto a otro sin dejar mayor rastro que su ausencia; en sus rostros impávidos e inescrutables que nos observan desde esos folletos pegados a las paredes por sus seres cercanos desconocedores de todo paradero, en las miradas distantes de papel, en los semblantes indiferentes a la tragedia propia de no encontrarse en este mundo. Pienso en ellos como individuos que no están ni muertos de vivos. Resultaría difícil acreditarles estados tan definitivos. No, incluso en esa forma precaria de existencia, ellos, los desaparecidos, están con nosotros. Como fantasmas inmóviles, espíritus de algo inanimado, rostros impresos en hojas tamaño carta, retratos fotográficos despreocupados.


Conozco a alguien que tiene un familiar secuestrado desde hace más de un año. Los secuestradores se comunicaron con la familia de la víctima a los días del hecho. Pidieron dinero, un intercambio. Unos cuantos millones de bolívares —qué metáfora resulta ver el rastro de nuestro prócer en tan despreciables negocios— a cambio de la vida del hombre, con un cuerpo maltrecho y aporreado, seguro, pero vida al fin. El rescate nunca se llevó a cabo. Desde entonces, no tienen noticias del familiar secuestrado. Nada. Ni una llamada. La esposa de él se tiene que acostar todos los días desconociendo si su paraje respira, si quiera. Actividad ésta que hace noches hacía a centímetros de ella. La policía lo da por muerto. La familia lo ha dejado de buscar. Está desaparecido, pero no por esfuerzo propio. Hay algo de violencia, de chantaje, de negocio en su desaparición. Quienes se lo llevaron están traficando con su inexistencia incierta.