martes, 10 de diciembre de 2013

Las horas

Es difícil narrar un sueño que se ha tenido. Es decir, el sueño es algo que ha ocurrido en tu cabeza. Sólo allí. Escenas que sólo tu has presenciado y que recuerdas parcialmente, fragmentadas. A veces son sensaciones nada más. Procesos inefables sucediendo sin parar, rememorando hechos del pasado y mezclando eventos del presente. Pero todo allí -en el sueño- es incierto. Todo existe incompleto, en pedazos, fracturado, hecho añicos, en porciones y trozos que parecieran guardar algún tipo de relación secreta entre sí. Pero es imposible saberlo. Son conexiones demasiado ocultas dentro de nosotros mismos como para estar conscientes de ellas.

Hace unas noches tuve un sueño extraño. Cada vez que tengo este tipo de sueños, hago el esfuerzo de ponerlos por escrito de la forma más coherente posible. Hasta los he usado como material para escribir cuentos. Creo que en el fondo sólo persigo el anhelo de comprender qué he soñado, por qué, y cuáles serán sus consecuencias. Todo nos cambia, incesantemente. 

Como decía, hace unas noches tuve un sueño inusual. Me encontré en un templo, un edificio parecido más a una mezquita que a una iglesia, sin ídolos, cruces, caligrafías, nada que pudiera indicar de qué culto se trataba. No había muebles y en apariencia, nadie más que yo. Largos y elaborados vitrales dejaban pasar generosamente la luz de un sol también soñado. Me encontraba de pie en el centro de la estructura. Me pareció estar sólo pero nunca me sentí como tal. Tuve la certeza de que estaba acompañado pero que no podía ver a mi acompañante. Del libro leí la siguiente frase en voz alta, como si le leyera a alguien más: «No la apagues. ¿De qué sirven las horas si están llenas con el silencio de la nada?» 

El sueño acaba abruptamente. Me levanté a medianoche sólo para escribir esa frase, para rescatarla. 

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Enrique Lihn y Max Klinger

'La madre muerta' de Max Klinger.


Qué otra cosa se puede decir de la muerte
que sea desde ella, no sobre ella
Es una cosa sorda, muda y ciega
La antropomorfizamos en el temor de que no sea un sujeto
sino la tercera persona, no persona, "él" o "ella"

La mujer reemplazada en Klinger por una estatua yacente
sarcásticamente maternal, sobre cuyo pecho plano como una
                                                                    /lápida, yo, el bebé
mezcla de sapo y ángel, miro a los espectadores con terror
nunca los mismos, siempre ausentes
como en un teatro
donde se representa una obra congelada. 

Qué otra cosa se puede decir... de Enrique Lihn.