miércoles, 27 de noviembre de 2013

Los muertos anónimos

     No sé cuántos cementerios he visitado durante toda mi vida pero son lugares que ejercen sobre mí un gran poder de atracción. Me parecen solitarias salas de espera, al cielo abierto, llenas de vegetación y tierra caliente, seca, rodeadas por brisas pasajeras y suaves, pobladas de insectos silenciosos y contemplativos. Las lápidas vigiladas por ángeles decapitados con mangos y otras frutas tropicales podridas a sus pies, las vírgenes de piedra que no pueden sacudirse a los tuqueques de encima y los Cristos morenos, tostados al sol, incapaces de bajarse de la cruz en busca de sombra, forman una multitud de extrañas figuras humanas inmóviles con rostros inexpresivos agrietándose a la intemperie. La vegetación es aleatoria y profusa, polvorienta y moribunda. Los guardianes del cementerio son muy parecidos entre ellos, casi siempre son ancianos lentos, parcialmente ciegos, de andares lánguidos y despreocupados. Te abordan y ofrecen agua, ya que el trayecto al pozo es todo el tiempo largo y agotador. El silencio, denso y consistente como la niebla, se fractura bajo el peso eterno del canto de una chicharra invisible. 

§
   
     En cierta ocasión le pregunté a un cuidador si no temía dormir en el cementerio. Me dijo que no porque las noches son muy tranquilas. "Los muertos no sueñan", me dijo mientras mascaba tabaco, tan impávido como una piedra. "Además, soy un hombre bueno. Dios guarda a los hombres buenos", soltó luego, antes de irse. Su ropa decolorada lo hacía ver como un daguerrotipo viviente. Se llamaba Jorge Seven.

§

   También están aquellas lápidas tan viejas que los nombres tallados sobre el mármol tratado han sido borrados por los elementos. Debajo yacen los muertos que han perdido sus nombres, que los han olvidado. Da igual que estén en una fosa común (como en Viaticum Bluff), o en una tumba personal. Nada ha sobrevivido de ellos y lo único que se puede percibir es una figura difusa, petrificada y con mirada interrogante, esperando el Último Día al lado de su propia sepultura. 

martes, 19 de noviembre de 2013

Mahfúd Massís

Mis bestias de amianto
buscan el valle del emir que vive con un pulmón de cisne.
Bebido estoy del vino del nadir, el vino armado
de recuerdos y de lanzas.
Vedme desnudo. Mi única armadura es el beso,
y en mis manos apenas cabría la muerte de un poeta.
Mas, ¿qué aroma de chacales os perfuma las sienes?
¿Por qué estos negros pájaros sobre vuestra morada?
Mi alma sólo precisa del amor
y del dulce haschisch que duerme en vuestros ojos.

Decid ¿qué piedras, qué heredad, qué ventura azarosa,
qué garfios me atan como a un perro
a la estatua y a la piel de este bosque maldito?
Imploro a la inmensidad, a los monstruos errantes
amarrados al cielo.
A las estrellas que caen a los pequeños lagos.

Pero ¡ay! las cadenas me ciñen todavía más lejos,
hacia donde la luz boga hace ciclos de selvas y de años
y los peces caerían por tanta sed de vuelo.
Más allá del divino espacio adivinado,
donde hasta las aletas de Dios se quebrarían:
vivo atado al negro musgo de mi alma.

§


He pensado también en las negras bestias del cementerio.
Dicen que hay culebras que viven con leche de muertas,
abren secretos postigos, y duermen hondamente
como caballeros grises.
Duermen sobre los vientres de niñas sin corola, gimen apasionadamente.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Fernando Pessoa - Diarios (fragmentos)

«Quien tiene alma, no tiene calma».

     Actué siempre hacia dentro... Nunca he tocado la vida... Siempre que yo esbozaba un gesto, acababa en un sueño, heroicamente,... Una espada pesa más que la idea de una espada... Dirigí grandes ejércitos, vencí grandes batallas, disfruté grandes derrotas; todo dentro de mí. Disfrutaba paseando solo por las alamedas y por los largos pasillos, dando órdenes a los árboles y a los retratos de la pared... [...] Nunca supe cómo se ama... Sólo supe cómo se sueña amar.

*

     Entre yo y el mundo hay una niebla que impide que vea las cosas como verdaderamente son; como son para los otros.
     Esto es lo que siento. 

*

    Ay de aquellos que han sido tocados por lo transcendental y a quienes todo les duele por frío, inexpresivo y distante.

*

    No hago visitas, ni estoy en contacto con ningún tipo de sociedad, ni de cafés ni de salones. Hacerlo sería sacrificar mi unidad interior, entregarme a conversaciones inútiles, hurtarle el tiempo, si no a mis pensamientos y a mis proyectos, a mis sueños, que siempre son más hermosos que la conversación ajena.

*

     Siempre procuré ser un espectador de la vida sin involucrarme en ella. De este modo, asisto a esto que esta sucediéndome, como un extraño, con la salvedad de que extraigo de los vulgares hechos que me rodean una voluptuosidad amarga.

*

     Me asedia un vacío absoluto de fraternidad y afecto. Incluso los que están cerca de mí no lo están, estoy rodeado de amigos que no son mis amigos y de conocidos que no me conocen.

*

     El odio a las instituciones, a las convenciones, incendió mi alma con su fuego. El odio a los padres y a los reyes creció en mí como un torrente desbordante. Yo era un cristiano ardiente, fervoroso, sincero; mi naturaleza sensible, emotiva, pedía fuego para su hambre, alimento para su fuego. Pero cuando miré a aquellos hombres y mujeres, dolientes y débiles, me di cuenta de que no merecían la prolongación de su infierno. ¿Qué mayor infierno que esta vida? ¿Qué maldición más dura que esta vida? «La voluntad libre», me dije a mi mismo, «es otra convención y otra falsedad que los hombres han inventado para poder castigar y torturar bajo el amparo de la palabra justicia, que es un nombre que oculta la palabra crimen. Nos juzguéis, dice la Biblia, la Biblia: no juzguéis y no seréis juzgados». Mientras era cristiano creía que los hombres eran responsables del mal que hacían; odiaba a los tiranos, maldecía a los reyes y al clero. Cuando me libré de la inmoral, de la falsa filosofía de Cristo, odié la tiranía, la monarquía, el sacerdocio: el mal en sí mismo. De los reyes y del clero tuve lástima porque ellos mismos son hombres. 

Fernando Pessoa, Diarios.

domingo, 10 de noviembre de 2013

'A Tale of Two Sisters' (Historia de dos hermanas) de Kim Ji-Woon

Es un filme de horror, lleno de visiones supernaturales, enfermedades mentales y un profundo drama familiar. Creo que de las películas de Kim Ji-Woon, es una de las que más me ha gustado. Está basada en una leyenda coreana llamada 'Janghwa Hongryeon jeon', literalmente 'La historia de Janghwa y Hongryeon', de la era de la dinastía Joseon (1392-1910). 


     La trama discurre en una tétrica y aislada vivienda cerca de un lago y lejos de la ciudad. Dos jóvenes hermanas, Su-mi (Lim Soo Jung) y Su-yeon (Moon Geun-young), regresan a casa luego de una larga hospitalización a causa de la muerte de su madre. Mientras tanto, su padre (Kim Gab Soo) se ha casado con otra mujer, Eun-joo (Yum Jung Ah) a la que las dos niñas le tienen una clara aversión. Sentimiento recíproco según van descubriendo poco a poco. Extrañas y violentas visiones empiezan a perturbar a las dos hermanas y a su madrastra, llevando la tensa relación entre ellas a un punto de no retorno en el que se revelarán terribles secretos familiares. 


     El tratamiento que hace Kim Ji-Woon a este antigua historia es extraordinario. Agrega aspectos actuales como, por ejemplo, las enfermedades y trastornos mentales, lo que le da a la película un giro tan interesante como brutal.

jueves, 7 de noviembre de 2013

F. Pessoa & H. Murakami: sobre las simulaciones

'Autopsicografía' de Fernando Pessoa

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que hasta finge que es dolor
el dolor que de veras siente.

Y quienes leen lo que escribe,
sienten, en el dolor leído,
no los dos que el poeta vive
sino aquél que no han tenido.

Y así va por su camino,
distrayendo a la razón,
ese tren sin real destino
que se llama corazón.

——

«No, doctora. Por favor. No debe decir nada más. Espere el sueño tal como le dijo aquella mujer. Comprendo muy bien cuáles son sus sentimientos, pero éstos, una vez se traducen en palabras, se convierten en mentiras.»

Haruki Murakami, Después del terremoto (Tailandia). 

§

    Creo que hay una especie de barrera entre el pensamiento impoluto y sin forma, y el lenguaje que lo expresa, escrito o hablado, en este mundo. Una barrera, sí, pero no infranqueable. Funciona más como un portal, el marco de una puerta, algo que el pensamiento debe cruzar cada vez que toca este mundo. Y en ese cruce sucede una justa y necesaria transformación: el pensamiento se rebaja, pierde densidad, se hace traducible y de hecho, es traducido, deteriorándose en sí mismo. Entonces, luego de todo el proceso, queda la palabra como un despojo, forzosamente palpable para y por nuestros sentidos, carente de todo lo inefable pero a la misma vez con un grandioso poder evocador que sin embargo suele quedarse corto. Y si esto, creo, ocurre con un pensamiento cualquiera, con más razón le debe suceder a un sentimiento o a una emoción. ¿Cómo expresar lo que nace indecible sin mentir? ¿Cómo articular, si quiera, lo impronunciable sin fingir? No se puede. Me es difícil evitar pensar que nuestras palabras más sublimes son nada más que toscas representaciones de lo que ellas pretenden comunicar; medios defectuosos que hacen lo que pueden con lo que tienen y el resto depende de nosotros.
     Es cierto que ni Pessoa ni Murakami, en los dos fragmentos acá mostrados, hablan de lo mismo. El primero se refiere al poeta que miente deliberadamente sobre una emoción o sentimiento que siente, es decir, lo engrandece a través de la mentira. Lo utiliza para escribir, lo transforma: pero es un sentimiento simulado por su misma exteriorización, a pesar de que lo siente con una veracidad fuera de toda duda. Por otro lado, Murakami es más claro. Sí, podemos llegar a entender el sentimiento de una persona pero es una comprensión intuitiva, fundamentada en nada palpable. Bastaría que esa persona se exprese, revele su sentimiento en palabras, tratando de explicarlo para que mienta involuntariamente, casi por error, como un accidente. El punto de confluencia en ambos autores es, básicamente, que un sentimiento expresado, revelado, expuesto en palabras, sean habladas o escritas, es una mentira.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Noche de insomnio (Breve reseña de la vida y obra de José Antonio Ramos Sucre)

     Podemos ser muy afortunados y encontrarnos durante todo el transcurso de nuestras vidas, apenas con un par de autores por los cuales lleguemos a sentir una empatía extraordinaria que trascienda toda barrera del tiempo, de la distancia y del idioma, o que en el último de los casos, supere incluso el inevitable obstáculo de la mismísima muerte. Esta devoción laica que surge espontánea y unilateralmente, desde el lector hacia el autor, es una sublime conexión que desborda las almas propensas a las interconexiones y correspondencias místicas y sensibles al metalenguaje de las palabras y sus imágenes. Con Ramos Sucre sucede, sin duda alguna, un efecto similar con quienes logran con modestia y humildad, sentirse plenamente identificados con este autor venezolano. 
     José Antonio Ramos Sucre nació el 9 de junio de 1890 en la ciudad de Cumaná y muere en Ginebra, Suiza, el 13 de junio de 1930. Cuarenta años de vida que finalizan con la última muerte voluntaria: un suicidio causado por una sobredosis de Veronal (somnífero actualmente fuera de circulación desde los años sesenta por sus efectos secundarios: su uso prolongado producía farmacodependencia y una sobredosis podía causar fácilmente la muerte). Digo última muerte voluntaria, porque la muerte es, si no un pilar de fe en la obra de Ramos Sucre, al menos se configura como uno de los "ejes estructurales y temáticos" de todos sus escritos. 
     Su educación empieza en Cumaná, donde aprende sus primeras letras en la escuela Don Jacinto Alarcón. Con tan solo diez años de edad (1900), es enviado a Carúpano para ser educado por su padrino y tío paterno, el historiador y letrado, culto y políglota, presbítero José Antonio Ramos Martínez, quien le sirve de sacerdote para impartirle los misterios iniciáticos del latín y la lectura. Momento que, en perspectiva, fue decisivo en la vida de Ramos Sucre, ya que las enseñanzas emanadas de su tío, sin duda alguna, marcaron el cauce de su vida a pesar de que la estadía fue de apenas tres años. En 1903 vuelve a su hogar en Cumaná. 
     De regreso a su ciudad natal estudia en el Colegio Nacional de Cumaná. En 1910 se gradúa de bachiller en Filosofía y viaja a Caracas para iniciar en la Universidad Central de Venezuela (UCV) sus estudios de Derecho y Literatura, y continuar el aprendizaje de idiomas (griego antiguo y moderno, francés, inglés, italiano, portugués, alemán, danés, sueco y sánscrito). En una carta que le escribió a su madre le dice que "estudiar para mí es un morbo". Graduado de abogado en la UCV en el año 1917, ejerce esta profesión temporalmente cuando es nombrado juez accidental de Primera Instancia en lo Civil. Como jurista docto, produce una sentencia memorable en el ámbito del Derecho Internacional Privado, en la cual se muestra más favorable a las normas morales que a las rígidas instituciones del Derecho. Se gana la vida como profesor de Historia y Geografía Universal y venezolana, Latín y Griego en liceos de educación media. Asimismo desde 1914 comienza a trabajar como intérprete y traductor en la Cancillería hasta el año de 1929. Muere como Cónsul en Ginebra en el año de 1930. 
     En 1921 publica Trizas de papel y en 1923 Sobre las huellas de Humboldt, un «ensayo» con evidentes visos de ser un importante trabajo. En los próximos años será cuando se decante y revele, finalmente, la magnitud de su obra. En consecuencia nace, en 1925, La torre de Timón, de una postura poética lo suficientemente magnánima para propagar en el lector la impresión de un mundo tan vasto e intrínseco como las propias trascendencias y maromas verbales que las describen. 
     Las formas del fuego y El cielo de esmalte, dos libros publicados en 1929, conforman el broche definitivo de su estilo y visión: ambos recogen recreaciones adornadas con una prosa poética concisa y contundente pero a la vez deslumbrante, como si intentásemos describir una centella con los ojos abiertos. La obra de Ramos Sucre está repleta de metáforas estéticas que reviven episodios históricos, que dramatizan al hombre frente a las circunstancias trágicas propias de la más mínima de las existencias, que superponen las nociones emocionales inefables sobre los conceptos materialistas que, a pesar de estar casi siempre a la mano, se quedan cortos en subjetividades e interpretaciones. Leer a Ramos Sucre, aun sin cierta disposición contemplativa, sin fe en el lenguaje y en su poder de evocar imágenes extraordinarias, es, sin más, ejercer la profesión de impresionado y tal vez de aturdido, frente a la disección de un suceso en cientos de palabras y miles de efigies de hermosas formas y profundidades. 
     Para los críticos de la época, la obra del poeta cumanés creó siempre un problema frente a la necesidad de catalogarla. Algunos la aclamaron surrealista incurriendo en el común error de confundir la ortodoxia radical del lenguaje con neologismos y vanguardias. Sí, los poemas de Ramos Sucre pueden que estar llenos de simbolismos y misticismos pero nada en ellos se rebela contra la “lógica referencial” o incurre en la exageración rebuscada. De esta manera, y como dice Toni Montesino sobre Ramos Sucre: “es una excepcionalidad dentro de la literatura: no es modernista ni surrealista, ni clásico ni vanguardista. Y lo es a la vez todo. Es un poeta en prosa y no parece vivir la vida que le tocó vivir. Es uno de esos autores insólitos que no tienen maestros ni discípulos". 
     En España fue publicada una obra completa (428 páginas) de José Antonio Ramos Sucre, que llegó a través de la Biblioteca Sibila, editorial de la Fundación BBVA/España, especializada en la literatura hispanoamericana. Igualmente, la Biblioteca Ayacucho también editó una obra completa del autor que contiene: La torre de Timón (1925), que a su vez incluye sus dos obras anteriores: Trizas de papel (1921) y Sobre las huellas de Humboldt, El cielo de esmalte (1929) y Las formas del fuego (1929). Además de una recopilación de poemas, cartas y traducciones.  

Anexo. La obra de Ramos Sucre no ha tenido la difusión que se merece. Es un gran autor patrio que ha pasado años prácticamente desconocido. Estoy seguro que él no está del todo incómodo en esa tenue niebla del olvido ligero pero aún así creo que es importante que sus escritos se den a conocer cada vez a más personas. En este sentido, he creado una cuenta en Twitter (@ramos_sucre) y un sitio en Tumblr (http://ramos-sucre.tumblr.com/). En ambas herramientas sociales participa Guillermo Parra (@venepoetics), traductor al inglés de Ramos Sucre y Juan Sánchez Peláez. Los invito a seguir estas cuentas y disfrutar del contenido que regularmente publicamos.