martes, 4 de noviembre de 2014

Sueño: el ascensor

Entro a un ascensor donde ya hay un hombre. Tiene el rostro oculto en el gesto de leer atentamente un periódico. Marco el botón que indica el piso a donde me dirijo. En la espera, mis pensamientos deambulan sin orden. El lento movimiento del aparato trasladándose entre los pisos causa una silente distensión en contraste al aire de claustro y encierro opresor que se respira. Una vez escuché a alguien decir a modo de chiste que, en el futuro, los ataúdes se parecerán demasiado a los ascensores. Siempre me he sentido nervioso en los lugares demasiado pequeños y cuando hay mecánica incluida, siempre estoy atento al ruido que profetiza un desastre espantoso. Casi nunca logro escucharlo, mi miedo es en vano. Pero justo cuando estoy pensando que, como otras veces, esta vez nada pasará, un desgarramiento metálico hace estremecer al ascensor entre el piso 17 y 16. El hombre que me acompaña se tambalea y cae de rodillas y puedo ver su rostro. Es un anciano con una mueca de terror que despierta en mí la compasión. Yo logro sujetarme de los pasamos y luego de que el ascensor se estabiliza, ayudo al hombre a incorporarse. No nos decimos palabra alguna. El silencio es el velo perfecto para disfrazar el temor de respeto. La luz parpadea y ambos miramos el número que indica el piso. No se mueve. Estamos atrapados en en algún punto del edificio. En el momento que dirijo mi mano al botón de emergencia, pensando que finalmente ha llegado el día de la catástrofe, el ascensor vuelve a estremecerse. Los cables que lo sujetan se sueltan, estallando contra el techo el ruido de unos latigazos de acero. Nos inclinamos. Mi estómago siente el vértigo. Los segundos se alargan con malicia para perpetuar la tortura. Caemos al vacío. El anciano me mira con terror. Mi cara, mis gestos, son desconocidos para mí pero seguro reflejo la incredulidad del que ve ante sus ojos el momento de su trágica muerte. 

La caída fue espantosa. No sé cómo el miedo, la sensación de caer, el sabor amargo de mi saliva y la imposibilidad de tragar, no fueron suficientes para despertarme de ese terrible sueño. Recuerdo que parecía que nunca íbamos a tocar fondo, que nunca chocaríamos con el concreto, estallando en un terrible choque de metal retorcido y cemento. Pero caíamos sin parar y el anciano me miraba con desconcierto, interrogándome, preguntándome con los ojos por qué no habíamos muerto, por qué no tocábamos el suelo. Tan larga fue la caída, que me dio tiempo de considerar la idea de que sí, el ascensor ya había tocado la planta baja y nuestra vida había llegado a su final, pero por designio de la voluntad divina, nuestro limbo era éste. Caer y caer. 

Finalmente, el ascensor desacelera. Llega al piso más bajo. La luz todavía titila y el anciano y yo no podemos movernos por el miedo. ¿Qué ha pasado? Imposible saberlo. Soy el primero en salir al abrirse la puerta. Una oscuridad me recibe. Apenas iluminado por las tenues luces que provienen del ascensor, puedo ver que en el suelo hay, como dormidas, siluetas de hombres y mujeres. Tan leves e inmóviles que sólo parecen sombras. Escucho una suave, muy suave, pero masiva respiración en sus pechos. Todo el lugar está lleno de ellos. Apenas puedo caminar sin tropezarlos. Ando unos metros, hasta donde el débil haz de luz me permite llegar, y sigo encontrándome aquellas siluetas dormidas en el piso, muy juntas, como piezas de un rompecabezas ligeramente desarmado. La turbación no me deja pensar. He olvidado al anciano. Al darme vuelta, puedo verlo despidiéndose de mí, sonriendo, mientras el ascensor cierra sus puertas. Su sonrisa maligna me desorienta. Corro para intentar meterme de nuevo al ascensor pero es demasiado tarde. Al ir cerrándose las puertas, la luz disminuye y tropiezo con los cuerpos. Caigo sobre ellos, dando vueltas, enredándome con sus miembros. Pienso que los he despertado. Sí, la respiración de todos ellos se detuvo al mismo tiempo. Sólo había oscuridad total y silencio total. Me quedé quieto, esperando cualquier cosa pero de repente siento sobre mi cuerpo unas manos y piernas que empezaban a sujetarme. Grité y mi grito retumbó en una inmensa cueva vacía. 

martes, 17 de junio de 2014

El rostro apacible

No hay nada en el mundo más incomprensible que los
rostros, o mejor dicho, algunos rostros:
 un conjunto de rasgos y de miradas que, de pronto, se
convierte en la única realidad, el enigma más
importante del universo que uno contempla con sed y
con hambre, como si un mensaje superior estuviera escrito en él.

 Amélie Nothomb, Cosmética del enemigo.

Camino por la calle y siempre noto la sucesión de incontables rostros. Caras, facciones, gestos y miradas que esconden una individualidad atormentada por vicisitudes de toda índole. Como habitaciones en llamas, bajo llave. Pero es imposible no reconocer en aquellos semblantes trastocados un acentuado dejo de simulación, de desfiguramiento. Entonces pienso que nuestras caras convulsionadas intentan ocultar desesperadamente todo lo que en realidad somos. Una espesa y gruesa capa de carne y hueso que oculta de forma deficiente nuestros apetitos y obsesiones, nuestros miedos y deseos, todo aquello que nos reservamos bajo la apariencia del pensamiento y la voz que nadie más puede escuchar. Todo lo que es secreto inconfesable, verdad elemental, apetencia vedada. En consecuencia, el principio depravado del anonimato se erige con absoluta claridad: colocarle una máscara —un rostro apacible— al hombre para que revele toda la dimensión de quién es en realidad. 

jueves, 22 de mayo de 2014

Sueño: La serpiente

Estoy en una playa, parado cerca del mar. El oleaje no me toca pero puedo sentir bajo mis pies la arena húmeda por el movimiento incesante de las olas. El cielo está nublado, gris, no hay brisa. El mundo que sueño está empacado al vacío. El viento simplemente no existe. Respiro pero no es aire la sustancia que entra en mis pulmones. Mis ojos ven un horizonte incontenible. Pienso que la idea de lo infinito tuvo que venir de aquí, de nuestra contemplación del mar. Esa gran masa de agua tan desconocida y poderosa a la vez. Conozco monstruos que matarían por investirse tales características que al mar se le otorgaron de forma tan natural y, pareciera, descuidada. Pero como decía, estoy parado frente al agua. No puedo decir qué hora es porque la iluminación es ambigua como una palabra escrita con imperfecta caligrafía. Puede ser cualquier hora. O, incluso, una hora desconocida, totalmente nueva; una hora extraña, inhóspita, desapacible. Indómita en el sentido que nunca antes fue establecida, marcada y encerrada dentro de una caja mecánica de cristal. Una hora sin tiempo. Perpetua. Pero la claridad es suficiente para ver cómo una gran serpiente verde sale de entre las olas. No es una criatura de proporciones mitológicas. Su cuerpo, más bien modesto y terrenal, se asemeja al de una anaconda en su temprana juventud. Los músculos que se marcan bajo su inusual y fulgurante piel, dejan intuir una fuerza todapoderosa, como la voluntad de un dios ausente. Se mueve hacia mí, con la determinación de un derrumbe. No me muevo, pues no tengo miedo. La serpiente llega a mis pies y con la precisión que da la calma, me muerde en el tobillo. Creo sentir dolor pero es una sensación tan lejana que no la siento como propia. La serpiente me mira y en sus ojos veo nada. Un brillo tan irreflexivo como el del esclavo que es mandado hacer una determinada tarea y nada más, y nada menos. El animal vuelve al mar, desaparece en el agua y todo sigue tan quieto que parece tallado en la piedra.

viernes, 4 de abril de 2014

La sustancia inocua

Es cierto que no sé por dónde empezar a escribir esto. Tampoco sé, debo decirlo, qué escribir. Pero este título se me ocurrió hace unos días mientras estaba en una cola para comprar comida. Por lo general, no las hago. Para mantener un mínimo de dignidad, me digo, convencido de lo que es dignidad y de los métodos idóneos para conservarla casi intacta. De acuerdo a eso, pienso que hacer una cola por comida es una forma terrible de domesticación, amansamiento. Es usar la urgencia de alimentarse uno mismo y de alimentar a sus seres queridos como una pócima mágica para convertir al individuo en una entidad dócil dispuesta a cualquier sacrificio en pos de un beneficio vital e inmediato. Es jugar con el apuro del apetito, con la sombra amenazante y terrorífica del hambre, aupando el egoísmo de una mísera existencia. Una táctica bastante baja, por lo que podemos apreciar. Aún así, en la cola, vi gente que reía. Gente que contaba anécdotas familiares, chistes obscenos, y que, de último, apostillaba dos o tres palabras sobre la situación con tal indignación que apenas dejaban un rastro fantasmal en el aire festivo y a la vez ultrajante que allí se respiraba. Nada más. Luego llegaba su turno, la persona compraba lo que le dejaban comprar, nada menos y por supuesto, nada más. Salía de nuevo, sonriente, como si el destino le hubiera favorecido con una recompensa inesperada ajena a cualquiera de sus esfuerzos. Algo gratuito, como encontrado en la calle. Pensé en ese momento que nuestra 'arrechera', pintoresco y temido atributo del venezolano, es más bien una sustancia inocua, transparente, tan etérea como pasajera. Nada que un déspota, autoritario e ignaro gobernante deba temer. 

*Inciso ineludible*
Si he dicho lo anterior, no puedo permitirme, vistos los acontecimientos actuales, dejar de mencionar y reconocer a los sectores de nuestra sociedad que han interrumpido el tedio mecánico de la sobrevivencia y han protestado valientemente contra los incontables atropellos gubernamentales, bajo el fatal costo de perder la vida en una lucha que es de todos pero que no todos sabemos cómo lucharla. A ellos, mis respetos y agradecimiento. 
*Fin del inciso ineludible*

No quiero que esto suene como una crítica porque, en principio, no lo es. Digo, no quiero entrar en ese -aparentemente- adictivo juego de juzgar qué está bien y qué está mal, qué es poco y qué es excesivo. Resguardaré mi criterio bajo la mirada y excusa de ser un mero observador que carece de toda autoridad moral -perdón por el cliché- para juzgar, sin ver la vara en el ojo propio, la conducta de los demás. No, nunca. Dios me libre. Pero, dicho esto, no dejó de impresionarme nuestra impasibilidad, deseo de cualquier victimario, nuestro desinterés casi místico ante la humillación y el doblegamiento de esperar por lo que, sin miramientos y diplomacias, cualquiera llamaría migajas caídas de una mesa. 

Pero lo repito, no es una crítica. Tal vez sí una acotación con bolígrafo rojo al margen de la historia actual del país. Una categórica recomendación para revisar este preocupante carácter nuestro ante el infortunio impuesto por los poderosos. 

domingo, 30 de marzo de 2014

De la memoria

El miedo circulará siempre en mi cuerpo
como otra sangre.
José Watanabe.

Hoy pasé casi tres horas hurgando en un cuarto de 4 x 2 metros cuadros, alumbrado por una bombilla solitaria parcialmente cegada con telarañas ancestrales, lianas transparentes llenas de suciedad; nadando en incorpóreos mares de polvo, conviviendo entre insectos casi invisibles pero cuyos ojos gozaban de una anatomía alienígena, totalmente intimidatoria. Su presencia escurridiza fue el recordatorio, sólo en ese momento, de todas las cosas que existen a pesar de la incompetencia de nuestros sentidos. Buscaba un álbum de fotos viejas. Fotografías que, con seguridad, contenían las últimas posturas, sonrisas y gestos de muertos ya veteranos en su ciencia, muerta también. Fantasmas cuidadosamente conservados de la humedad y del hambre de los bichos del olvido, entre dos láminas de plástico. Di con todo, menos con el álbum de fotos. Carpetas llenas de papeles; el documento de una sucesión, datos de la adopción de alguien, la factura de una cremación, viejos archivos sobre la propiedad olvidada de terrenos que ya han desaparecido sobre el asfalto y las circunstancias de un país que no respeta nada, ni la tierra. Adornos de Navidad fosilizados, un niño Jesús medio comido por las ratas, los cuerpos huecos de cucarachas, exoesqueletos abandonados, distribuidos por el azar en un paisaje minúsculo y postapocalíptico -¿la cucaracha es su cuerpo o lo que su cuerpo contiene? La cola de una lagartija me miró impávida pero interrogante, como si pudiera preguntarme si sabía el paradero del resto de su cuerpo. Hacía calor. El sudor que brotó de mi piel con la sutileza de un rocío, atrajo las motas de polvo que se acumularon en mi epidermis como animales sedientos en una sabana.

Luego de apartar los escombros naturales del deterioro y el encierro, di con una caja estropeada, en la que el vaho había dibujado jeroglíficos ininteligibles y santos deformados. Estaba en un rincón oscuro, resguardada de todo intento de rescate. Pude hacerme con ella no sin grandes esfuerzos. Cada vez que movía algo de su lugar primigenio, la habitación parecía encogerse cada vez más, como represalia consciente a mi intrusión. ¡Con qué celo las cosas quieren permanecer olvidadas por y de nosotros! Al abrir la caja, vi el álbum. Estaba allí, indiferente, soberbio, lleno de memorias intactas; reposando en la tranquilidad pasmosa de un cadáver incorrupto. 

Subí y le entregué el álbum a Ángela Encarnación. Su cara de felicidad me aterró. ¡Qué desdichado hay que ser en el presente, para buscar tan desesperado refugio en el pasado!

domingo, 23 de marzo de 2014

Memento mori

'Autorretrato' de Arnold Böcklin 

Toda alma probará la muerte, y recibiréis 
vuestra completa recompensa el Día de la Resurrección.
Corán 3: 185.

Decir que mis días están contados no tiene sentido; 
así fue siempre; así es para todos.
'Memorias de Adriano' de Marguerite Yourcenar.

Hace unas horas estaba en un velorio. El papá de un amigo de la infancia ha muerto. Cáncer en la laringe. Cincuenta y cuatro años de edad. Dentro de todo, fue una muerte esperada; la expectativa promedio cuando se padece una enfermedad tan devastadora como el cáncer. Aún así, su muerte -como toda muerte- es lamentable. Estos eventos -velorios, entierros y otros- me hacen pensar siempre en nuestra reacción y conducta ante el fenómeno del fallecimiento. Creo que nuestro dolor, nuestra pena y aflicción son signos de incomprensión. Tenemos doscientos mil años muriéndonos sobre la tierra, viendo desaparecer nuestros seres queridos y amigos, padeciendo el trance doloroso de la enfermedad y la vejez, y todavía la muerte nos causa sorpresa, espanto y estupor. ¿Por qué? ¿Por qué no hemos dado ese paso evolutivo mediante el cual aceptaremos la desaparición física y definitiva como lo que es? ¿Por qué nuestros propios huesos o un cuerpo vacío de voluntad nos producen tal conmoción? 

La muerte, en todo su esplendor, es nuestra única certeza. Podemos dudar de la existencia de Dios o si mañana amanecerá o seguirá una noche interminable. Podemos dudar de cualquier cosa, descreer cualquier credo, profesar ninguna fe, pero sobre nuestra propia mortalidad no podemos albergar vacilación alguna. Tal vez a nuestra mente le cueste digerir tal grado de verdad, tanto absolutismo en un único y simple suceso. Quizás sea nuestro ego. Esa ilusión de que tenemos una identidad, un número y documento con nuestros nombres y apellidos que nos diferencian de todos los demás y nos hacen únicos. Creemos que este desordenado acervo de experiencias y sensaciones conforman nuestra personalidad. Constituyen nuestros principios. Es una ilusión, un truco de nuestra mente, una ficción más por la cual ejercemos un grado de control sobre nosotros mismos y sobre los demás. Y entonces la muerte, con su velo definitivo y opaco, atenta contra la idea del Yo. Nos desvanecemos "como un puño cuando se abre la mano". Simplemente no estaremos más. La infinitud de nuestra idea de la muerte contrasta con demasiada virulencia con la fugacidad y caducidad de nuestra existencia. Somos una vela que alguien de pronto apaga de un soplo. Nada más.

Respice post te! Hominem te esse memento! Memento mori, memento mori (¡Mira atrás y recuerda que sólo eres un hombre -y no un dios! Recuerda que morirás, recuerda que morirás). Estas palabras se las susurraba un esclavo durante el gran desfile a cada general romano victorioso al que se le concedía un triunfo "con el fin de impedir que incurriese en la soberbia y pretendiese, a la manera de un dios omnipotente, usar su poder ignorando las limitaciones impuestas por la ley y la costumbre". Nosotros no deberíamos olvidarlas y convertirlas en un mantra matutino, en una oración que rezamos a nuestra propia consciencia. Gran parte de la turbación que experimentamos ante la muerte es porque olvidamos que vamos a morir, que somos hombres y mujeres con cuerpos que se enferman, que se descomponen a cada segundo (al escribir esto recordé esta frase de Marguerite Yourcenar en 'Memorias de Adriano': «Esta mañana pensé por primera vez que mi cuerpo, ese compañero fiel, ese amigo más seguro y mejor conocido que mi alma, no es más que un monstruo solapado que acabará por devorar a su amo»); que la vejez hará destrozos inenarrables, que cada órgano se deteriora en sus funciones, que, en fin, somos un pedazo de carne a la intemperie. Nuestra hambre de trascendencia -anhelo vacío, por demás- ha empañado nuestra razón primigenia: perecer.